16 de agosto de 2013

La ingratitud de un hijo





Cada mes no te falta tu mensualidad, y aun así, casi 30 días después me vuelves a pedir dinero, incluso me lo recuerdas, con unas palabras lacónicas por las cuales siento un gran desprecio.

El día que te tuve por primera vez en mis manos me sentí muy feliz, exploraba cada parte de tu ser como quien descubre un juguete nuevo, con ansias de pasar el tiempo siempre juntos. 

Pero ese idilio se transformó una relación dependiente, en un amor de uno solo, de exigencias y demandas. Te transformaste en la vía para que todos llegaran a mí, mi jefe, mi madre, mi novia, todos se dieron cuenta que eras el camino más fácil para atormentarme, de noche y de día, mi talón de Aquiles. 

Por eso, Nokia 6300, pedazo de mierda, el día que decidí no verte más me sentí liberado, te vendí al primero que me ofreció algo por ti, como si lo valieras. No te extraño, salvo por ese ruidito tan cómico que hacías por las mañanas o esas caricias tan dulces que me hacías en el bolsillo.


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