29 de enero de 2014

Los intocables



Para mi mamá los huevos son intocables.

Ella dice que son como el Zorro: llegan a la hora indicada, justo antes del suicidio familiar.

Lo que más le gusta es su versatilidad: frito, revuelto, hervido; incluso, varios de ellos juntos, en tortilla y con salsa china, se asemejan a un bistec de carne de res…

Pedir uno para hacer un dulce o para merendar (entiéndase comerse un huevo fuera del almuerzo o la comida de la noche) es casi enfrentarse a un proceso burocrático.

Comienza el cálculo de los días que restan para terminar el mes, la disponibilidad en el mercado, estudiar a “profundidad” el cronograma de llegada de productos cárnicos a la carnicería, y al final, casi siempre es mayor el daño psicológico a padecer la necesidad de no tener huevo que el deseo de comerlo.

A veces pienso que ella desea coleccionarlos, que va a confeccionar una libreta de abastecimientos familiares para normar el consumo de huevos por personas, o peor, que necesita, como las gallinas, tener siempre uno el refrigerador…

Nada, que los huevos son, definitivamente, los intocables. /jrlv
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