27 de mayo de 2015

La patente de corso


No recuerdo cuando fue la primera vez que me dijeron que tenía problemas ideológicos, pero sí está muy fresca en mi memoria la última ocasión.

Fue en uno de esos intercambios intelectuales –que casi se convierte en duelo de sablazos– cuando dije que el que acepta un cargo administrativo, sin tener deseos o aptitudes, me parecía una actitud cobarde.

Siempre he pensado que es más revolucionario decir NO cuando no se puede, o no se desea – ¿por qué no?–, asumir una responsabilidad, que hacerlo para al final, hacerlo (y valga la redundancia pues la otra palabra sonaría muy fea), muy mal, o de mal agrado, que no es lo mismo y es peor.

Pues la persona en cuestión, por pensar así, me dijo que “ideológicamente tenía problemas y no me identificaba”…. Identificarme con qué? Con la ineptitud maquillada, con aquel ingeniero en energía atómica que de golpe y porrazo “cae” para dirigir una cooperativa agropecuaria, o con el elefante que es seleccionado para protagonizar una danza clásica en medio de un escenario decorado con cristalería?


Yo tengo un sueño… el de vivir en un país donde los logros y méritos profesionales, el llevado, traído e inflado currículum profesional, griten más o hablen más de un profesional, que aspire a un puesto, que tener o no una patente de corso.  
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