28 de julio de 2015
Habanacentrismo
Me encanta la idea "habancentrista" que transmite los medios de comunicación y que muchos reproducen. El otro día una persona me preguntaba si en #SantiagodeCuba habían edificios. Yo primero me maté de la risa, y después, viendo la seriedad de la interrogante, le dije con toda la parquedad del mundo al estilo de Vampiros en La Habana: "No, andamos en taparrabos, con plumas en la cabeza y nos llamamos Guarina, Hatuey y Siboney".
14 de julio de 2015
¿Has comprado en Cuba un jean en el mercado negro?
Si no lo has hecho, difícilmente entiendas este post.
SI intentara un símil sería como comprar cerne de res, por
el clima de misterio que genera, que lo envuelve, y que casi lo convierte en un
saber popular, en una cultura popular. Tiene códigos, mitos, sitios, personajes….
Todo empezó con una mirada tipo “scaner”… de esas que te “escanean”
de arriba abajo para saber tus “intenciones”, porque preguntar “¿estás
vendiendo jean?” no es suficiente.
Ella buscaba esos indicios que le indicaran que fuera de la
seguridad: la camisa a cuadro, la agendita o el bolígrafo en el bolsillo, el
celular viejo, nada de táctil, los zapatos de cordones, negros, de los que
venden los artesanos baratos, “aunque en la actualidad se camuflajean mejor”,
me dijo después de comprar.
Entré a un lugar que casi parecía salido de la película
Fresa y Chocolate: vasos espirituales, muchos, muchísimos vasos espirituales y
cada uno con un poquito de abate, para evitar las larvas de mosquito; paredes
descascaradas, mostrando las muchas pinturas que en algunas ocasiones ostentó;
muebles viejos, con pequeños tejidos que intentaban disimular los huecos, los
rotos, pero nunca la mugre, puntal alto, falso techo de madera roída, muchas
imágenes religiosas, un viejo librero con libros más viejos que él….
“Este jean seguro te sirve”, me dijo, pero la cara gritaba “con
ese culo tan grandes que tienes, es un milagro que entres en él”. En efecto, no
pasó de los muslos.
“Es que los tienes gordos”, y me pareció ver una veta de
mariconería en sus palabras y miradas, eso y que jamás me dio privacidad para
probarme el pantalón. Repito, parecía aquello una escena desclasificada de
Fresa y Chocolate.
“Espérate aquí, que voy a ver si xxxxx tiene una talla 38”.
Y fue en ese momento que se activó el engranaje, una rueda gigantesca parecida
a una gran red wifi del mercado informal en Cuba. Llamadas van y vienen, mensajes,
llamadas perdidas, gritos desde el balcón, señas…
“¿De verdad que vas a comprar?”, me decía tan rápido como se
iba su saldo.
Ven, vamos a otro lugar. “Xxxxx sí tiene uno pa´ tus muslos”.
Conocí una Santiago de Cuba diferente, a pocas cuadras del
Parque Céspedes, en medio de gigantescas edificaciones que parecen desafiar el
tiempo, como lo han hecho con piratas y corsarios, terremotos, ciclones, en
medio del ajetreo constructivo histérico, desenfrenado, casi irreal, donde se
reconstruyen –aunque parece en ocasiones que se arremeten– viejos inmuebles por
el medio milenio de Santiago de Cuba, conocí otro mundo, muy cerca de todo eso.
Un mundo que se mueve a la velocidad del mercado negro, el
informal, donde hay todo, o casi todo, y lo que no hay, te lo consiguen:
pantalones caga´os (no sé de dónde salió el nombre), de felpa, y no sé cuántas
clasificaciones más, escondidos detrás de mostradores con ropa artesanal, en
las verdaderas tiendas, donde los padres dan gritos por los precios mientras
los hijos aprenden más rápido las matemáticas, sacando cálculos para comprar.
Ahí estaba mi jean, uno azulito, sin banderas, ni estrellas,
sin ripia´os, ni charanguero, ni caga´o, uno sencillo, INCREIBLE, de los más
difíciles de conseguir, a pocos metros donde el Conservador derriba, digo,
repara viejas construcciones, un entorno donde hay más cámaras que kioskos de
bocaditos, donde circulan 2,5 policías por habitante, ahí, entre las calles que
se abren para ser cubiertas con adocretos, donde las personas rezan para que le
reparen sus casas, ahí encontré un jean, en un mundo que existe y se mueve a
una velocidad increíble.
21 de junio de 2015
Reflexiones infantiles: ¿Me enseñas tu condón?
¿Qué son los condones?
Preguntó un día mi sobrino. Tanta promoción en el televisor
le había llamado la atención.
Primero indagó con su hermano, pero la respuesta de este es
demasiado vulgar para escribirla.
No satisfecha su duda, le preguntó a su mamá. Ella se
apresuró, le dijo para qué servía, le explicó su material y utilidad.
Presurosa, antes de llegar a la pregunta de “¿cómo se pone?”, le dijo “espera a
tu padre, él te explicará otras cosas”.
EL reloj parecía que no caminaba, y los que corrían, eran
los familiares de mi sobrino. Todos le huían, se escondían en los recovecos de
la casa. Nadie quería volver a ser interrogado.
Llegó la hora. El papá, sin soltar su guitarra después de
ensayar con su grupo, lo recibió un par de brazos deseos por preguntar.
Papa, ¿me enseñas tu condón?
Él lo miró, con la ternura con que se mira a un niño de cuatro
años.
17 de junio de 2015
Aptitudes
Mi perra es el ser vivo de los que conozco que más actitudes
tiene para ser cederista.
Pasa horas asomada por la ventana, cualquier ruido en la
calle es casi un llamado obligado a mirar hacia afuera, y por si fuera poco,
forma tremendo escándalo por cualquier cosa.
Pero hay un ruidito que es casi un interruptor. Es el
chirrido de la reja de una puerta de una vecina, cada vez que se abre. Ella, la
vecina, alquila ilegal. Tiene en su casa una casa de citas. Mi perra responde
con ladridos a los chirridos de la puerta. Hay noches, que no hay quien duerma…
Mi Tula también tiene un especial lugar en la memoria para
recordar a Félix, el vendedor ilegal de leche que llega a mi casa todos los meses.
Ella lo huele desde lejos, le ladra casi de una forma histérica. Parece que lo
denuncia, que les dice a todos quién es él y en que anda. El pobre, casi ha
aprendido el lenguaje de señas, ya no pasa de la reja y en ocasiones prefiere
hacer las transacciones por la ventana. Le teme a mi perra más que a la de
vigilancia.
La noche es un momento especial. Mi perra siempre quiere
salir, igual que la presidenta del CDR, recorrer las calles, igual que la
presidenta del CDR, velar por la seguridad del barrio, igual que la presidenta
del CDR, patrullar el vecindario, igual que la presidenta del CDR, pero de
paso, también aprovecha y le caga el portal y el jardín a algunos vecinos,…
Quiero elevar la propuesta, la de incluir a mi perra en el
CDR. Pero no sé, temo que tomen mal la propuesta. ¿Qué hago, la dejo hacer
cederismo voluntario?
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