14 de julio de 2015

¿Has comprado en Cuba un jean en el mercado negro?


Si no lo has hecho, difícilmente entiendas este post.

SI intentara un símil sería como comprar cerne de res, por el clima de misterio que genera, que lo envuelve, y que casi lo convierte en un saber popular, en una cultura popular. Tiene códigos, mitos, sitios, personajes….

Todo empezó con una mirada tipo “scaner”… de esas que te “escanean” de arriba abajo para saber tus “intenciones”, porque preguntar “¿estás vendiendo jean?” no es suficiente.
Ella buscaba esos indicios que le indicaran que fuera de la seguridad: la camisa a cuadro, la agendita o el bolígrafo en el bolsillo, el celular viejo, nada de táctil, los zapatos de cordones, negros, de los que venden los artesanos baratos, “aunque en la actualidad se camuflajean mejor”, me dijo después de comprar.

Entré a un lugar que casi parecía salido de la película Fresa y Chocolate: vasos espirituales, muchos, muchísimos vasos espirituales y cada uno con un poquito de abate, para evitar las larvas de mosquito; paredes descascaradas, mostrando las muchas pinturas que en algunas ocasiones ostentó; muebles viejos, con pequeños tejidos que intentaban disimular los huecos, los rotos, pero nunca la mugre, puntal alto, falso techo de madera roída, muchas imágenes religiosas, un viejo librero con libros más viejos que él….

“Este jean seguro te sirve”, me dijo, pero la cara gritaba “con ese culo tan grandes que tienes, es un milagro que entres en él”. En efecto, no pasó de los muslos.

“Es que los tienes gordos”, y me pareció ver una veta de mariconería en sus palabras y miradas, eso y que jamás me dio privacidad para probarme el pantalón. Repito, parecía aquello una escena desclasificada de Fresa y Chocolate.

“Espérate aquí, que voy a ver si xxxxx tiene una talla 38”. Y fue en ese momento que se activó el engranaje, una rueda gigantesca parecida a una gran red wifi del mercado informal en Cuba. Llamadas van y vienen, mensajes, llamadas perdidas, gritos desde el balcón, señas…

“¿De verdad que vas a comprar?”, me decía tan rápido como se iba su saldo.
Ven, vamos a otro lugar. “Xxxxx sí tiene uno pa´ tus muslos”.  

Conocí una Santiago de Cuba diferente, a pocas cuadras del Parque Céspedes, en medio de gigantescas edificaciones que parecen desafiar el tiempo, como lo han hecho con piratas y corsarios, terremotos, ciclones, en medio del ajetreo constructivo histérico, desenfrenado, casi irreal, donde se reconstruyen –aunque parece en ocasiones que se arremeten– viejos inmuebles por el medio milenio de Santiago de Cuba, conocí otro mundo, muy cerca de todo eso.

Un mundo que se mueve a la velocidad del mercado negro, el informal, donde hay todo, o casi todo, y lo que no hay, te lo consiguen: pantalones caga´os (no sé de dónde salió el nombre), de felpa, y no sé cuántas clasificaciones más, escondidos detrás de mostradores con ropa artesanal, en las verdaderas tiendas, donde los padres dan gritos por los precios mientras los hijos aprenden más rápido las matemáticas, sacando cálculos para comprar.


Ahí estaba mi jean, uno azulito, sin banderas, ni estrellas, sin ripia´os, ni charanguero, ni caga´o, uno sencillo, INCREIBLE, de los más difíciles de conseguir, a pocos metros donde el Conservador derriba, digo, repara viejas construcciones, un entorno donde hay más cámaras que kioskos de bocaditos, donde circulan 2,5 policías por habitante, ahí, entre las calles que se abren para ser cubiertas con adocretos, donde las personas rezan para que le reparen sus casas, ahí encontré un jean, en un mundo que existe y se mueve a una velocidad increíble. 
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